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lunes, 30 de marzo de 2026

Relatos Cortos

 

 

 

El cuento del dios perdido

 


 

Por: Santiago Cambre Sol

 

No fue el primer sorbo el que lo despertó, sino el más apasionado, desesperado y agradecido. Ocurrió en un parpadeo, brevemente, como quien escucha un ruido y vuelve a dormirse.

Así empezó.

Los siguientes sorbos perdieron intensidad, pero aumentaron en número. Como una madre que te besa muchas veces para despertarte y sin prisa en que lo hagas.

Y cuanto más acudían a él, más forma iba tomando y mayor tiempo pasaba despierto.

Por algún motivo que jamás nadie —ni siquiera él mismo— se cuestionó, era grande. Humanoide. Un homúnculo gigante enterrado en la tierra que alzaba la mano con dificultad y les daba agua a su gente.

El agua que tanto necesitaban.

No tenía una conciencia desarrollada ni personalidad definida, pero su objetivo era dar. En la flor de su plenitud, podía y daba todo lo que tenía. Notaba su sangre formar parte del pueblo que crecía a su alrededor cada vez más. De sus habitantes, sus plantas y animales. Incluso de los ladrillos con los que construían sus casas.

Los pobladores excavaron más y le dieron paredes definidas de piedra firme. Su corona se convirtió en un sitio de reunión, donde todos acudían a compartir lo que para él solo podía ser la belleza y sencillez de la vida.

Tenía los oídos finos y disfrutaba de sus charlas. De sus historias y de sus sueños. Un día escuchaba cómo la hija del molinero pretendía casarse con el aprendiz del alfarero y otro que tal o cual conquistador pasaría cerca del poblado.

La vida era hermosa. Tenía una misión y la cumplía de sobra, por lo que, exceptuando quizás los niños y los ancianos, nadie le dedicaba más de un pensamiento, aunque eso no le molestaba. Tal vez le preocupaba un poco que su tamaño hubiera disminuido y que cada vez le costaba más servirles, pero tampoco era para tanto, ¿no?

Un día, conoció una emoción nueva. Algo que se instaló en su pecho devorando su tranquilidad e instándolo a vigilar.

Inquietud.

Los sentimientos más puros y primigenios suelen tener un mismo origen: amenazan la existencia o el estado actual de las cosas.

Ese día hizo algo que, en su complacencia, jamás había necesitado hacer.

Miró hacia arriba.

Contempló la sangre, el fuego y la ceniza.

Con ellos, llegó el miedo. Convulsionó de tal manera que se hizo un ovillo en el seno que durante tanto tiempo lo había albergado y gritó aterrorizado. Estaba en postura fetal. Temblando. La pena y el miedo lo desgarraban pedazo a pedazo. Mientras la duda y la injusticia, el "por qué" sin razón, atenazaban su pecho y su garganta. Un suplicio que solo una criatura recién nacida y abandonada bajo la lluvia podía conocer.

En un momento dado miró hacia arriba y vio cómo caía entre sus paredes el cuerpo de la nieta del alfarero.

Y entonces, junto al fuego y la ceniza, conoció la sangre y el olvido.

Despertó.

No sabía cuántas veces había pasado por el mismo punto.

¿Nunca habéis recorrido un camino de forma casual y una planta, una piedra o una grieta capta vuestra atención y pensáis “bueno, he ahí un detalle que seguramente olvidaré”? Pues había repetido sus pasos tantas y tantas y tantas veces que hasta era consciente de la velocidad a la que crecían las malas hierbas que agrietaban el suelo.

Llevaba tanto tiempo siguiendo sus propios pasos en la oscuridad que incluso percibía cómo el ruido del viento había ido perdiendo intensidad al transformarse la topografía de los alrededores.

Ningún tirano omnipotente ni mano gentil podía evitar o cambiar el hecho de que el desarrollo solía ir acompañado de dolor. Y él, desde su perspectiva, había sufrido mucho.

El paso de la complacencia inocente al terror y a la inconsciencia definió su carácter como el sílex golpeado para ser afilado.

El crisol de la vida.

Se despertó y miró a su alrededor confundido, encerrado entre los muros de su antigua corona, ahora taponada, y con la oscuridad como única compañía. Era el vestigio de su gran cuerpo, de un glorioso pasado y de una feliz infancia. Pero ya no era tan grande y se arrepentía de no haber valorado más su situación anterior. Lo que tuvo.

Había dado tanto.

Seguía viviendo gente por los alrededores, pero no acudían a él. Estaba solo, encerrado con sus pensamientos y no hacía otra cosa que no fuera pensar.

El olor de la bosta, el ruido de los niños, el martilleo de la forja. Participar en todo aquello había sido hermoso. Fueron buenos tiempos. Tiempos en los que jamás se planteó su identidad más allá de su función, pero ahora comprendía el potencial que aquellas personas tenían encerrado dentro de sí: uno que abarcaba tanto la mayor de las grandezas como las más grandes barbaridades.

Y él, en su celda, aprehendiendo la diferencia fundamental entre ambas razas, reflexionaba si estaba dispuesto a creer en ellos o no, cuando la vida volvió a ponerlo a prueba.

Un rayo de luz plateada atravesó la oscuridad y una moneda rodó a sus pies.

De inmediato, dos dedos de agua se alzaron sobre el barro del fondo, pero ningún cubo apareció para pedirle nada. En cambio, llegaron a él las vibraciones de una petición susurrada en voz queda. Como el sacerdote de voz profunda que sabe dónde colocarse en su templo, o el actor que conoce del anfiteatro el punto de mayor reverberación.

Él solo tenía que escuchar, y lo hizo. No distinguió las palabras, pero sintió el dolor y la pena por una madre que no podía levantarse de la cama y para la que no había esperanza.

Escuchó cómo el llanto contenido se convertía en respiración trabajosa y luego en leves gemidos puntuales debido a la dolorida garganta.

Finalmente, unos pasos empezaron a alejarse, y él decidió salir de su lacerante y amargo letargo para seguirlos, ya que por primera vez alguien lo requería fuera de allí.

Atravesó el terreno siguiendo la estela de lágrimas de aquella que, en su desesperación y sin saberlo, había conseguido sacarlo de su sopor.

Todo lo que le rodeaba se difuminaba en una neblina, a menos que él hiciera el esfuerzo de aclararla mediante su voluntad. Pero en ese momento nada de aquello le interesaba.

Llegó a la puerta de una vivienda y, todavía atraído por una congoja que le convulsionaba el pecho, empezó a rodearla hasta dar con una ventana desde la cual pudo ver el interior.

Vio a la persona que lo había invocado a los pies de una cama donde yacía su madre enferma.

Él aún no lo comprendía, pero la capacidad de percepción de su gente abarcaba más allá de los sentidos, y así fue que se hizo cargo tanto del hedor a muerte de aquella habitación como del intento de la hija por ocultar su dolor.

Sintió, más que vio, de qué manera la angustia era empujada profundamente hacia abajo mientras se solapaba con una mezcolanza de cariño, esperanza y un intento de humor, que servía de combustible para las dos primeras.

También se vio asaltado por los sentimientos de la madre y se maravilló de cómo resonaban poco a poco con los de su hija hasta estar ambas en sintonía.

La relación existente entre la simplicidad de los hechos, la complejidad de las emociones y la ilusión de las personas le hizo creer en el género humano. Por lo cual, y a riesgo de consumirse y desaparecer, apoyó una mano en el cristal de la ventana y entregó todo lo que tenía, sintiendo que se vaciaba como una tinaja rota.

Cuando se despertó, estaba de nuevo en el pozo. Débil. Pero no le importaba, ya que volvía a sentir una emoción que llevaba tiempo sin manifestarse: satisfacción.

No sabía si había conseguido curar a la mujer, pero estaba complacido de haberlo intentado. Por dar un paso y demostrar determinación, por lo que se levantó y volvió a acudir a la casa.

Durante el camino pensó en cómo se abría un nuevo abanico de oportunidades, en que podría volver a sentirse útil y en la enorme cantidad de bien que haría si conseguía llevar a aquellas personas hacia su pozo.

Dada su debilidad, no podía ir demasiado rápido, pero apenas lo notaba, pues sus esperanzas daban alas a sus pies y así, pensó, soñó y construyó enormes castillos en su mente, que se mantuvieron intactos hasta llegar de nuevo a la ventana.

 

Allí, todo se derrumbó.

La madre se había recuperado, ya sin los sudores ni el tono apagado de la enfermedad, pero estaba de rodillas acunando el cuerpo yermo de su hija.

Las emociones que lo asediaron desde la habitación eran demasiadas. Caóticas y abrumadoras: desconsuelo, desesperación y la presión que se instala en el pecho cuando no ves una salida.

Lo que él sintió fue un horror que lo devolvió al fuego y a la ceniza. Donde solo cabía una pregunta: ¿por qué?

Y mientras se la hacía, otra moneda cayó a sus pies.

 

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