Por: Santiago Cambre Sol
No fue el primer sorbo el que
lo despertó, sino el más apasionado, desesperado y agradecido. Ocurrió en un
parpadeo, brevemente, como quien escucha un ruido y vuelve a dormirse.
Así empezó.
Los siguientes sorbos
perdieron intensidad, pero aumentaron en número. Como una madre que te besa
muchas veces para despertarte y sin prisa en que lo hagas.
Y cuanto más acudían a él,
más forma iba tomando y mayor tiempo pasaba despierto.
Por algún motivo que jamás
nadie —ni siquiera él mismo— se cuestionó, era grande. Humanoide. Un homúnculo
gigante enterrado en la tierra que alzaba la mano con dificultad y les daba
agua a su gente.
El agua que tanto
necesitaban.
No tenía una conciencia
desarrollada ni personalidad definida, pero su objetivo era dar. En la flor de
su plenitud, podía y daba todo lo que tenía. Notaba su sangre formar parte del
pueblo que crecía a su alrededor cada vez más. De sus habitantes, sus plantas y
animales. Incluso de los ladrillos con los que construían sus casas.
Los pobladores excavaron más
y le dieron paredes definidas de piedra firme. Su corona se convirtió en un
sitio de reunión, donde todos acudían a compartir lo que para él solo podía ser
la belleza y sencillez de la vida.
Tenía los oídos finos y
disfrutaba de sus charlas. De sus historias y de sus sueños. Un día escuchaba
cómo la hija del molinero pretendía casarse con el aprendiz del alfarero y otro
que tal o cual conquistador pasaría cerca del poblado.
La vida era hermosa. Tenía
una misión y la cumplía de sobra, por lo que, exceptuando quizás los niños y
los ancianos, nadie le dedicaba más de un pensamiento, aunque eso no le
molestaba. Tal vez le preocupaba un poco que su tamaño hubiera disminuido y que
cada vez le costaba más servirles, pero tampoco era para tanto, ¿no?
Un día, conoció una emoción
nueva. Algo que se instaló en su pecho devorando su tranquilidad e instándolo a
vigilar.
Inquietud.
Los sentimientos más puros y
primigenios suelen tener un mismo origen: amenazan la existencia o el estado
actual de las cosas.
Ese día hizo algo que, en su
complacencia, jamás había necesitado hacer.
Miró hacia arriba.
Contempló la sangre, el fuego
y la ceniza.
Con ellos, llegó el miedo.
Convulsionó de tal manera que se hizo un ovillo en el seno que durante tanto tiempo
lo había albergado y gritó aterrorizado. Estaba en postura fetal. Temblando. La
pena y el miedo lo desgarraban pedazo a pedazo. Mientras la duda y la
injusticia, el "por qué" sin razón, atenazaban su pecho y su
garganta. Un suplicio que solo una criatura recién nacida y abandonada bajo la
lluvia podía conocer.
En un momento dado miró hacia
arriba y vio cómo caía entre sus paredes el cuerpo de la nieta del alfarero.
Y entonces, junto al fuego y
la ceniza, conoció la sangre y el olvido.
Despertó.
No sabía cuántas veces había
pasado por el mismo punto.
¿Nunca habéis recorrido un
camino de forma casual y una planta, una piedra o una grieta capta vuestra
atención y pensáis “bueno, he ahí un detalle que seguramente olvidaré”? Pues
había repetido sus pasos tantas y tantas y tantas veces que hasta era
consciente de la velocidad a la que crecían las malas hierbas que agrietaban el
suelo.
Llevaba tanto tiempo
siguiendo sus propios pasos en la oscuridad que incluso percibía cómo el ruido
del viento había ido perdiendo intensidad al transformarse la topografía de los
alrededores.
Ningún tirano omnipotente ni
mano gentil podía evitar o cambiar el hecho de que el desarrollo solía ir
acompañado de dolor. Y él, desde su perspectiva, había sufrido mucho.
El paso de la complacencia
inocente al terror y a la inconsciencia definió su carácter como el sílex
golpeado para ser afilado.
El crisol de la vida.
Se despertó y miró a su
alrededor confundido, encerrado entre los muros de su antigua corona, ahora
taponada, y con la oscuridad como única compañía. Era el vestigio de su gran
cuerpo, de un glorioso pasado y de una feliz infancia. Pero ya no era tan
grande y se arrepentía de no haber valorado más su situación anterior. Lo que
tuvo.
Había dado tanto.
Seguía viviendo gente por los
alrededores, pero no acudían a él. Estaba solo, encerrado con sus pensamientos
y no hacía otra cosa que no fuera pensar.
El olor de la bosta, el ruido
de los niños, el martilleo de la forja. Participar en todo aquello había sido
hermoso. Fueron buenos tiempos. Tiempos en los que jamás se planteó su
identidad más allá de su función, pero ahora comprendía el potencial que
aquellas personas tenían encerrado dentro de sí: uno que abarcaba tanto la
mayor de las grandezas como las más grandes barbaridades.
Y él, en su celda,
aprehendiendo la diferencia fundamental entre ambas razas, reflexionaba si
estaba dispuesto a creer en ellos o no, cuando la vida volvió a ponerlo a
prueba.
Un rayo de luz plateada
atravesó la oscuridad y una moneda rodó a sus pies.
De inmediato, dos dedos de
agua se alzaron sobre el barro del fondo, pero ningún cubo apareció para
pedirle nada. En cambio, llegaron a él las vibraciones de una petición
susurrada en voz queda. Como el sacerdote de voz profunda que sabe dónde
colocarse en su templo, o el actor que conoce del anfiteatro el punto de mayor
reverberación.
Él solo tenía que escuchar, y
lo hizo. No distinguió las palabras, pero sintió el dolor y la pena por una
madre que no podía levantarse de la cama y para la que no había esperanza.
Escuchó cómo el llanto
contenido se convertía en respiración trabajosa y luego en leves gemidos
puntuales debido a la dolorida garganta.
Finalmente, unos pasos
empezaron a alejarse, y él decidió salir de su lacerante y amargo letargo para
seguirlos, ya que por primera vez alguien lo requería fuera de allí.
Atravesó el terreno siguiendo
la estela de lágrimas de aquella que, en su desesperación y sin saberlo, había
conseguido sacarlo de su sopor.
Todo lo que le rodeaba se
difuminaba en una neblina, a menos que él hiciera el esfuerzo de aclararla
mediante su voluntad. Pero en ese momento nada de aquello le interesaba.
Llegó a la puerta de una
vivienda y, todavía atraído por una congoja que le convulsionaba el pecho,
empezó a rodearla hasta dar con una ventana desde la cual pudo ver el interior.
Vio a la persona que lo había
invocado a los pies de una cama donde yacía su madre enferma.
Él aún no lo comprendía, pero
la capacidad de percepción de su gente abarcaba más allá de los sentidos, y así
fue que se hizo cargo tanto del hedor a muerte de aquella habitación como del
intento de la hija por ocultar su dolor.
Sintió, más que vio, de qué
manera la angustia era empujada profundamente hacia abajo mientras se solapaba
con una mezcolanza de cariño, esperanza y un intento de humor, que servía de
combustible para las dos primeras.
También se vio asaltado por
los sentimientos de la madre y se maravilló de cómo resonaban poco a poco con
los de su hija hasta estar ambas en sintonía.
La relación existente entre la
simplicidad de los hechos, la complejidad de las emociones y la ilusión de las
personas le hizo creer en el género humano. Por lo cual, y a riesgo de
consumirse y desaparecer, apoyó una mano en el cristal de la ventana y entregó
todo lo que tenía, sintiendo que se vaciaba como una tinaja rota.
Cuando se despertó, estaba de
nuevo en el pozo. Débil. Pero no le importaba, ya que volvía a sentir una
emoción que llevaba tiempo sin manifestarse: satisfacción.
No sabía si había conseguido
curar a la mujer, pero estaba complacido de haberlo intentado. Por dar un paso
y demostrar determinación, por lo que se levantó y volvió a acudir a la casa.
Durante el camino pensó en
cómo se abría un nuevo abanico de oportunidades, en que podría volver a
sentirse útil y en la enorme cantidad de bien que haría si conseguía llevar a
aquellas personas hacia su pozo.
Dada su debilidad, no podía
ir demasiado rápido, pero apenas lo notaba, pues sus esperanzas daban alas a
sus pies y así, pensó, soñó y construyó enormes castillos en su mente, que se
mantuvieron intactos hasta llegar de nuevo a la ventana.
Allí, todo se derrumbó.
La madre se había recuperado,
ya sin los sudores ni el tono apagado de la enfermedad, pero estaba de rodillas
acunando el cuerpo yermo de su hija.
Las emociones que lo
asediaron desde la habitación eran demasiadas. Caóticas y abrumadoras:
desconsuelo, desesperación y la presión que se instala en el pecho cuando no
ves una salida.
Lo que él sintió fue un
horror que lo devolvió al fuego y a la ceniza. Donde solo cabía una pregunta:
¿por qué?
Y mientras se la hacía, otra
moneda cayó a sus pies.